Llega a mis manos una biografía escrita por Olivier Dumoulin (Marc Bloch, o el compromiso del historiador, Universidad de Granada, 2003) basada en la vida del que es, sin duda, uno de los intelectuales más interesantes que dio la Francia del siglo XX. Nacido en 1886 en el seno de una familia judía, el historiador Marc Bloch vivió de primera mano los hechos más sobresalientes de la primera mitad del siglo XX, desde la Gran Guerra, en donde participó al servicio de las tropas aliadas, hasta la Segunda Guerra Mundial. De hecho, formó parte de la Resistencia Francesa durante el gobierno de Vichy, circunstancia que le llevó a ser capturado, torturado, y finalmente, fusilado, el 16 de junio de 1944 por el poder nazi. En el camino, y pese a que hubiera quedado esta cortada de raíz por la barbarie del totalitarismo, había dejado Bloch una importantísima obra y había fundado, junto a Lucien Febvre, la imprescindible escuela de los Annales. Sin ella, que iba a incorporar al estudio de la Historia las herramientas de ciencias sociales como la economía, la psicología, la antropología o la psicología social, los métodos de la investigación histórica hubieran sido, sin duda, muy distintos.
Marc Bloch es también uno de sus hombres que permitieron que, en mis años de Universidad, comprendiera la Historia más allá de las perspectivas que tradicionalmente me habían enseñado. Recuerdo leer con especial fascinación una obra suya que, pese a que ya tiene unos cuantos años –apareció en 1924, aunque no fue hasta 1988 cuando, gracias a la editorial mexicana Fondo de Cultura Económica, pudo leerse en español-, sigue ofreciendo, en pleno siglo XXI, ideas sorprendentes. Se trata de Los reyes taumaturgos, texto que, pese a su carácter académico, permite que el aficionado a la historia observe a los reyes de la época sin los anacronismos que por lo general residen -habitualmente, por las novelas históricas y el cine y series de televisión “de época”- en el imaginario colectivo. Y es que esta obra daba a conocer que, durante la Edad Media y parte de la Edad Moderna –y habría reminiscencias todavía en el siglo XIX-, buena parte de la sociedad europea tuvo la creencia de que los monarcas tenían la capacidad de curar a determinados enfermos y de hacer milagros.
La ceremonia de los reyes taumaturgos se hacía de acuerdo a un ritual bien tipificado que, para el caso inglés, conocemos gracias a un misal que se ha conservado y que perteneció a María Tudor. Así, consta que, tras unas palabras del rey y del capellán, un eclesiástico llevaba, dos veces, a cada enfermo ante el monarca. Así, la primera vez, el monarca posaba sus manos desnudas sobre el “paciente”; y la segunda, le hacía la señal de la cruz mientras sostenía una moneda de oro, atravesada por una cinta, que posteriormente el mismo rey colgaba en el cuello de su súbdito.
De hecho, llama la atención que pese a ser todo ello un rito de orígenes católicos,la Inglaterra protestante lo mantuviera. Y así, hasta la pragmática Isabel I –y merece la pena aportar este detalle, que, por motivos de espacio, no pudo tratarse en la obra que, sobre esta reina, publiqué en Edimat Libros-, una mujer que nunca fue excesivamente escrupulosa con las liturgias de tintes religiosos, siguió realizando, punto por punto, tal ceremonial. De hecho, y este es otro detalle interesante, Isabel, consciente del valor sagrado que tenían las tradiciones, continuó realizando, ante el escándalo de sus súbditos protestantes, la señal de la cruz sobre los enfermos. Sería su descendiente, Jacobo I, quien se encargaría de eliminar todo signo católico del ceremonial.
La obra, pues, todavía resulta de especial interés hoy día, pues ofrece una reflexión sobre las propias creencias del ser humano y, más importante, sobre los principios, ritos y símbolos de los que se sirvió la monarquía –y que iban desde tesis como el derecho divino del poder a las ideas que ofrecía Maquiavelo en su El Príncipe y que afirmaban que el monarca no debía estar sujeto a norma ética alguna- para perpetuarse en su posición privilegiada y destacarse sobre las demás familias de la nobleza europea. Perspectivas historiográficas, pues, que no suelen salir del ámbito académico -no en vano, fuera del mismo priman, casi siempre, otros asuntos, más coloristas y simplistas-, pese a que estas, como se ve, tengan ya casi un siglo de antigüedad.






