La estancia en Huesca del escritor José Sánchez Rojas (II)

La histórica revista Andalán -que reapareció, hace año y medio, gracias a Internet, en forma de blog- publicó originalmente (en: http://www.andalan.es/?p=4947) el texto que a continuación puede leerse.

Aunque cuando José Sánchez Rojas llegó a Huesca hacía bien poco que había comenzado a publicar sus artículos en El Socialista, los textos que ofreció al diario durante aquel lapso de tiempo aparecieron siempre deshuesados de toda referencia política explícita. Quizá porque el escritor consideró cuán inoportuno era atizar de nuevo entre el Gobierno las brasas del descontento; o quizá también, porque ya el salamantino comenzaba a perfilar sus simpatías (y es posible que Huesca, en donde trabó amistad con Ramón Acín, influyera en ello) por los grupos ácratas, tal y como demostró, poco después de abandonar el Altoaragón, cuando declaró públicamente –con el consiguiente disgusto de personajes como Manuel Cordero, que, por ello, le arrojó el apelativo de “anarquista infantil”- que el Partido Socialista le resultaba “poco joven, poco inquieto”.

Así, lo que en realidad destaca en los textos que escribió entonces Sánchez Rojas son las referencias –normalmente alegres- a los paisajes y tipos oscenses. De este modo, igual dedica frases a los nuevos amigos que va haciendo en la ciudad, que ofrece constantes referencias a las mujeres de la provincia, tanto como poeta –algunos de sus versos imitan, con cierta ironía, el estilo de Garcilaso- como prosista; para luego confesar el grato descubrimiento de la Jota aragonesa, o exponer, haciendo gala de sus raíces iconoclastas, su incredulidad por la leyenda de la Campana de Huesca (“Aunque lo digan todos los Arcos –se refería a Ricardo del Arco- habidos y por haber. Yo no creo en las leyendas (…) Yo he vivido en Covadonga, desde entonces no creo en Don Pelayo”) o por los tópicos que los castellanos tenían sobre Aragón. Y es que, si algo caracteriza estas crónicas es su descubrimiento del “otro”, de una realidad que hasta la fecha había conocido por las vaguedades de una literatura regionalista que sólo sabía ofrecer meras caricaturas del territorio aragonés. Y ello lo ofrecía, unas veces, con sentido del humor (“la gente me pregunta que si he visto los osos polares por estas tierras”); otras, con enfado: “Nobleza Baturra (….) es una película idiota (…) que me tiene indignado (…) [los aragoneses] no parten nueces con la cabeza, los mañicos no ponen la burra delante del tren; los mañicos no son toscos ni zafios. La tosquedad, la plebeyez de espíritu, la incomprensión, la mentira soez y la calumnia sistemática, son patrimonio de los señoritos zarzueleros y peliculeros (…) Aragón es tierra, precisamente, de lo contrario”. Y también ofreció alabanzas a un hombre al que había tenido la oportunidad de conocer en el Ateneo de Madrid y por el que siempre sintió gran atracción: Joaquín Costa. A él, de hecho, dedicó su primera colaboración en El Diario de Huesca, para explicar a los lectores algunos rasgos pintorescos de la personalidad de su convecino –caso de, por ejemplo, su pasión por el trabajo, pues Costa solía decir a Sánchez Rojas al verle en el Ateneo: “He pasado todo el día trabajando. Me sostengo con café. Me he olvidado de comer”-, o para testimoniar la facilidad que este tenía para acuñar frases afortunadas: “En España no quedan más hombres que las mujeres”.

La brevedad del destierro –que no impidió que Sánchez Rojas continuara dedicando textos a la ciudad: son ejemplo de ello los que publicó en la revista Estampa, sobre la plaza de Graus; en Mediterráneo, sobre la estética y maneras de los chesos; y en el Heraldo de Madrid, sobre la Semana Santa oscense- y su temprana muerte impidieron que el salmantino pudiera cumplir la promesa que había hecho a sus nuevas amistades al poco de llegar a la ciudad: la de escribir un libro que retratara, con mayor profundidad, sus impresiones de la provincia de Huesca. Aún así, los textos que sí llegaron a ver la luz ya constituyen, en su conjunto, un interesante legado que, a día de hoy, merece la pena rescatar.

 

Anuncios

La estancia en Huesca del escritor republicano e izquierdista José Sánchez Rojas (I)

José Sánchez Rojas (imagen tomada del blog Entre el Tormes y Butarque)

Nota: este texto se incluyó originalmente en la revista cultural aragonesa www.andalán.es.

El escritor salmantino José Sánchez Rojas (Alba de Tormes, 1885-Salamanca, 1931) es uno de esos personajes que todavía no han tenido la oportunidad de lucrarse de los tributos que, de tanto en cuanto, dedican los estudiosos a las figuras del pasado que, por diversos motivos, se han visto apeadas de la Historia; y todo, pese a que fue un destacado prosista y poeta que, además de algunos libros –recibió excelentes críticas por Las mujeres de Cervantes y Tratado de la perfecta novia–, realizó infinidad de artículos que le valieron el halago de hombres tan conocidos como Azorín y Valle Inclán. Hombre inconformista y brillante, noctívago y enamoradizo, bohemio – “por no poder ser otra cosa”, dijo en alguna ocasión– y un tanto desordenado –algunas noches, dormía en una cama que había en la propia redacción de El Adelanto–, quienes le conocieron subrayaron su carisma, su inteligencia, sus ideas izquierdistas y, como parte más superficial de su aspecto, su –utilizando el verso de Machado– “torpe aliño indumentario”.  

Llegó Sánchez Rojas a Huesca en el mes de febrero de 1926, después de haberse atrevido a criticar el destierro que a un buen amigo suyo, el siempre aguerrido Miguel de Unamuno, impuso Primo de Rivera. Al saber de ello, el Dictador había decidido pagarle esas quejas con la misma moneda: le apartó de su plaza de profesor de Lengua Italiana de la Universidad de Salamanca y le llevó a una ciudad a la que, hasta entonces, Rojas sólo se había asomado desde los tópicos. Sin embargo, inasequible al desaliento, y consciente de que también allí debía hacer lo que mejor se le daba, pronto se integró en la plantilla de colaboradores de El Diario de Huesca, siendo tan fructífera la relación que cuando el dictador le levantó el castigo, este siguió enviando al periódico sus trabajos. Tales textos –irónicos y repletos de gusto por la vida y por los placeres–, además de, por supuesto, su carácter, abierto y afable, pronto le introducirían en la vida cultural de la Huesca de la época. Y así, en el tiempo en que permaneció en el Altoaragón, se le vio en conferencias, asistió a las charlas del Círculo Oscense y se sumó a las iniciativas de los sectores izquierdistas y republicanos locales. De todo ello da buena cuenta el elogioso artículo que le dedicó el mismo López Allué en el Diario de Huesca, en el que le calificaba como “un oscense más” por, precisamente, esa rapidez con la que se había insertado en la ciudad.

Desafortunadamente para Huesca, Sánchez Rojas no caminó entre sus calles demasiado tiempo, pues, a finales de abril, Primo de Rivera decidió rectificar su decisión y levantarle el castigo. De lo contrario, ahora, seguramente, contaríamos con un buen número de interesantes textos que reflejarían, bajo la perspectiva de un castellano, los paisajes y modos oscenses. No en vano, de su estancia en la ciudad guardó el escritor un buen recuerdo del que posteriormente se serviría para componer algunos de los trabajos que escribió en Salamanca.

Sánchez Rojas falleció en 1931, a los 46 años de edad, durante la primera Navidad que vio la Segunda República. Al saber de su muerte, el profesor anarquista Ramón Acín, con quien había trabado amistad, le brindó una personal necrológica en El Diario de Huesca. Quiso, además, dedicar Acín estas líneas a Ramón J. Sender, excusando tal decisión en el común interés que este y Rojas tenían –el de Chalamera había publicado El verbo se hizo sexo ese mismo año- por la figura de Santa Teresa

(Para conocer otros textos de José Sánchez Rojas, pulse AQUÍ)